silla y escalera

23 de abril de 2006

Personas no "accesibles"

En este blog he comentado a menudo problemas con la accesibilidad de edificios, viviendas, transportes, etc. Sin embargo, en ocasiones el problema está en otro sitio: son las personas las que no resultan "accesibles".

He tenido un ejemplo de esto último hace unos pocos días. Mi novia y yo descubrimos un restaurante cercano a nuestro domicilio. La entrada era perfectamente accesible con mi silla de ruedas y la carta de platos que exhibía en el exterior prometía. Así que, como habíamos planeado salir a comer fuera ayer sábado, decidimos pasarnos antes por el restaurante para asegurarnos de que no habría problemas de accesibilidad en el interior.

El jueves entramos para ver el restaurante por dentro. El sitio es amplio, sin ningún escalón u obstáculo en el suelo, e incluso tiene servicios adaptados (eso al menos anuncian sendos símbolos en la puerta de cada servicio). Pero nuestra mayor preocupación era ver si tendríamos alguna dificultad con las mesas. Mi silla es bastante alta y muchas veces no puedo pasar las rodillas por debajo de la mesa; a veces porque las patas de la mesa no dejan la suficiente altura o, casi siempre, porque la mesa es baja o tiene alguna pieza bajo la tabla que impide que entre bien. Explicamos al camarero que estaba en la barra del bar cuál era nuestro problema y le preguntamos si podríamos ver las mesas. Su actitud ya empezó a parecernos incómoda, cuando le dijo a la chica que estaba en el comedor: "Oye, que hay un tío en silla de ruedas que quiere ver las mesas".

Entramos en el comedor, bastante grande, y volvimos a explicarle a la chica por qué estábamos allí. Intenté acercarme a una de las mesas, pero era de esas mesas cuadradas de madera que tienen una pieza vertical para reforzar las patas por debajo de la tabla. Así que no pude entrar bien. El comedor disponía de unas pocas mesas redondas, más grandes, con pata en el medio y que, seguramente, me resultarían accesibles. La verdad, no nos hacía mucha gracia comer sólo nosotros dos en una mesa tan grande; en cualquier caso, cuando le insinuamos a la chica del comedor que esas mesas sí serían accesibles, nos dijo tajante que si era para comer en fin de semana no podría ponernos una de esas mesas. Me pareció extraño que llenen un comedor tan grande los sábados al mediodía, pero quién sabe, quizás todo el barrio come allí y no nos habíamos enterado, o es el no va más de la BBC.



De todos modos, la chica nos dijo que llamáramos por teléfono a la noche y habláramos con la encargada. Llamé, volví a explicarle a la encargada cuál era el problema y la única respuesta que me dio fue que esas mesas cuadradas tenían las patas regulables en altura y que estaban dispuestas a la altura máxima. Pues vale, pero yo no entraba. Le sugerí que en otros restaurantes en los que he tenido un problema similar, han colocado, por ejemplo, una lata de conservas debajo de cada pata para subir la mesa. No pareció hacerle mucha gracia mi propuesta e incluso me insinuó que el peso de la mesa podía romper las latas (si llego a decirle que en algún restaurante han colocado incluso ceniceros de cristal debajo de las patas y no ha pasado nada...).

Durante toda la conversación telefónica, el tono de la encargada me hacía ver que no estaba por la labor de hacer nada para facilitar mi acceso a la mesa (les sobrarán los clientes y para qué complicarse la vida, ¿verdad?). Así que no insistí mucho, le dí las gracias y le dije que muy bien, que no iríamos nunca a ese restaurante y que ya buscaríamos otro sitio.

Puede que mi despedida fuera muy seca, o que tras colgar el teléfono la encargada se diera cuenta de que algo podía (¿o debía?) hacerse. El caso es que, gracias a estos teléfonos que guardan el número que llama, a los pocos minutos recibimos una llamada del restaurante. La encargada había hablado con algún superior y este le había dicho que podían preparar unos tacos de madera para poner debajo de las patas de la mesa, pero que para ello querían saber más o menos la altura que hacía falta. Le respondí que ya no era necesario, que habíamos reservado mesa en otro restaurante (lo que no iba a ser cierto hasta cinco minutos más tarde). La verdad es que ya no nos apetecía nada ir a ese restaurante. A pesar de su disposición final, todo el proceso había transcurrido en un tono de "a qué viene este a molestar con su silla de ruedas si nos sobran clientes", o "mira, si me vas a hacer trabajar más de la cuenta, mejor que te busques otro sitio; yo no pienso mover un dedo".

Total, después de haber preparado un restaurante sin problemas de accesibilidad en la entrada, en el interior e incluso en los baños, todo se va al carajo por la actitud de unas personas que sólo ponen trabas a cuestiones de fácil solución.

Por cierto, al final comimos en un restaurante que ya conocemos y en el que, además de buena comida, el trato es inmejorable.

4 comentarios:

Rosa J.C. dijo...

Acabo de descubrir tu enlace por lo de BBC y me he llevado una grata sorpresa al entrar en tu blog.
Hace falta más gente como tú. Durante tres meses estuve en silla de ruedas y nunca lo olvidaré. Aprendí mucho y también lo pasé muy mal. Nunca sabes dónde puede haber una escalera que te impida el acceso, una puerta estrecha y tantas y tantas cosas que nos impiden ser iguales. Ánimo con este blog.

Carmen Sánchez Carazo dijo...

He descubierto tu magnífico blog por mi amiga Rosa, ella se entera de todo. Hay que luchar contra las barreras físicas pero sobre todo contra las barreras mentales colas de esa dependienta.

Ricardo Gómez dijo...

Rosa y Carmen, muchas gracias por todo vuestro apoyo y un besazo.

Sigmar dijo...

¡Cuanta razón tienes! Muchas veces el gran problema no es arquitectónico sino de mentalidad.

¡Animo y sigue dando caña!